De su vida sentimental se sabe que vivió dos años con una mujer y que luego intentó suicidarse ante su negativa de tener un hijo con ella. Sus relaciones posteriores fueron exclusivamente con prostitutas, con las cuales gustaba hacer de «voyeur», especialmente en escenas de lesbianismo, costumbre bastante habitual entre las bailarinas y prostitutas de aquella época.

Henri Toulouse-Lautrec nació en Francia en 1864, hijo de un matrimonio entre dos primos hermanos de una familia aristócrata. Durante su infancia Henri disfrutó de la vida privilegiada de un hijo de la alta nobleza. Vivía en un castillo dentro de una gran propiedad que tenía bosques, ríos y animales de caza. Estaba siempre rodeado de amigos, tíos y primos, además de un gran número de sirvientes para atender sus necesidades.
Esa frecuente mezcla de sangre -endogamia-, entre nobles y aristócratas, siempre dejaba como consecuencia uno que otro galimatías genético -como en casi toda la aristocracia europea-, y uno de éstos fue el causante de la muerte de su hermano menor con apenas año de vida. De hecho Henri también era un muchacho enfermizo, de constitución ósea muy débil, pero que a pesar de todo llevaba una vida feliz. Practicaba equitación, cantaba, dibujaba y salía de caza con su padre. Lastimosamente a los trece años se cayó de una silla y se fracturó el fémur izquierdo, y al poco tiempo, mientras se recuperaba se volvió a tropezar con tanta mala suerte, que se quebró el fémur derecho.
Sus fracturas soldaron bien pero sus extremidades inferiores dejaron de crecer, aunque el resto de su cuerpo se desarrolló normalmente, por eso nunca llegó a pasar del metro y medio de estatura.
Sus padres -ya separados- quedaron devastados. Su progenitor comenzó a distanciarse de un hijo que era diferente a los demás, que ya no podía acompañarlo de cacería. Su madre, en cambio, cada vez estuvo más atenta a sus necesidades físicas y emocionales. Por su parte, Henri terminó volcando su atención e interés hacia el dibujo. Viendo que el arte se convertía en una pasión para Henri, su padre se lo presentó a Henri René Princeteau, un pintor sordomudo. Princeteau quedó tan impresionado con el talento de Henri, que convenció a sus padres para que lo inscribieran en el taller del reconocido maestro Bonnat.

A los 17 años, Henri de Toulouse-Lautrec se fue de casa por primera vez a París, a estudiar en ese taller. Por alguna razón, el maestro Bonnat desarrolló una intensa antipatía por el joven Toulouse-Lautrec -se decía era ego, envidia-, quizá supo reconocer en el joven muchacho a un nuevo genio. Con el tiempo, la discordia se hizo mutua y duró el resto de sus vidas.
Dejó al maestro Bonnat y se matriculó en el estudio del maestro Ferdinand Cormon, un talentoso artista que lo supo orientar y le ayudó a crear su propio estilo. Vale destacar que tan buen maestro era Cormon, que otro de sus alumnos por esa misma época fue Vincent Van Gogh.
Bajo la tutela de Cormon, Henri aprendió a pintar. Visitó todas las galerías con el afán estudiar las técnicas de otros pintores, especialmente los impresionistas. Cormon le dio a Henri una base sólida en las técnicas de pintura en un estilo formal. Sin embargo, cuando cumplió los veinte años, Henri comenzó a buscar una dirección artística diferente.
Henri Toulouse-Lautrec se mudó al barrio de Montmartre de París en 1887. Montmartre era una comuna de comerciantes, así como de rufianes, proxenetas, prostitutas y artistas bohemios. La zona estaba plagada de burdeles, salones de baile, cabarets y clubes privados. Aquí es donde hasta ahora se encuentran los famosos Le Chat Noir, Le Lapin Agile, La Cigale y Le Moulin Rouge. En Montmartre los excesos de todo tipo eran moneda corriente.

Toulouse-Lautrec rentó un piso detrás del cementerio, en la calle Ganneron. Empezaba una nueva etapa en su vida, etapa que comenzó como observador y terminó siendo partícipe del estilo de vida de la zona. Le encantaba merodear las calles y callejones, los bares y burdeles buscando nuevos temas para pintar y lo consiguió. Llegó a ser una especie de cronista gráfico del desenfreno de aquel París de finales del siglo XIX, del nacimiento de la «Belle Epoque».
Al contrario que a los artistas impresionistas, a Toulouse-Lautrec nunca le interesó el género del paisaje y prefirió ambientes cerrados, iluminados con luz artificial que le permitían jugar con los colores y los encuadres de forma subjetiva.

Para pintar Henri prefería a los clientes habituales del cabaret, a las bailarinas y las prostitutas. Nunca trabajó con modelos profesionales. Se rodeo de amigos marginales y se hizo habitual de las casa de citas donde entraba siempre con su buen humor, cantando canciones patrióticas y golpeando el bastón, ganándose pronto el cariño de las prostitutas, que se enorgullecían de su amigo
"el pintor" y lo malcriaban como a un niño caprichoso.
Comenzó a retratar amigos, bailarinas y prostitutas y quedó atrapado en aquel bajo fondo de la noche bohemia parisina. Volvía de vez en cuando a su aristócrata castillo, sólo para visitar a su madre a la que adoraba.
Toulouse tenía más espíritu de bohemio que de aristócrata, por lo que nunca pensó en dejar aquel barrio de tolerancia, lleno de bares y burdeles. De su vida sentimental se sabe que vivió dos años con una mujer, que luego intentó -o simuló- suicidarse ante la negativa de Henri de tener un hijo con ella. Sus relaciones posteriores fueron exclusivamente con prostitutas, con las cuales gustaba hacer de voyeur, especialmente en escenas de lesbianismo, costumbre bastante habitual entre bailarinas y prostitutas de esa época. Esas escenas inspiraron obras como "Las dos amigas".

El artista solía instalar por largas temporadas su atelier en aquellos lupanares, donde hizo estrechas amistades con las prostitutas, bailarinas y clientes, y es esta gente precisamente, la que da vida a sus cuadros y uno de los temas principales de su obra.
Una de sus pinturas: "La Revisión Médica", reflejaba lo que era frecuente y obligatorio para las prostitutas. Se intentaba luchar contra una enfermedad que siempre había estado presente en aquellos hombres de vida libertina, la temible sífilis.

Luego empezó a pintar carteles anunciando los espectáculos nocturnos de aquellos antros, los mismos que le eran pagados con bebida o favores sexuales en los sitios que frecuentaba. Es así que estos burdeles pasaron por primera vez a ser protagonistas de una obra de arte. Uno de sus lugares preferidos de Henri Toulouse, siempre fue Le Moulin Rouge.
Poco a poco y con su estilo, logró convertirse en el rey de los afiches (carteles) parisinos, en el cronista de la Belle Epoque, y lo que es más importante: en su trabajo no sólo fue el pionero de la publicidad gráfica sino también lo fue de los afiches de cine que hasta hace poco siguieron su mismo formato.

La creación de carteles iba viento en popa y le otorgó fama de publicista gráfico. Esto llevó a Henri hasta Londres, donde le pidieron la elaboración del póster del famoso sitio
"Confetti" y el anuncio de bicicletas
"La Chaine Simpson".
Fue durante esta breve temporada en Londres, cuando conoció y entabló amistad con Oscar Wilde. Toulouse-Lautrec también le pintó un retrato, el mismo año en que Wilde afrontaba un juicio por sodomía en Londres.
El declive de Henri empezó pronto, en 1896. Su vida se había reducido a putas, alcohol y juergas. Comía y dormía muy poco, en contraste trabajaba mucho para poder pagarse su estilo de vida, además de que era un gran aficionado a la absenta.

El alcoholismo deterioró su salud y padeció manías, depresiones y neurosis. En 1897 fue recogido de la calle a causa de una borrachera y poco después, en un delírium trémens, llegó a disparar a las paredes de su casa creyendo que estaban llenas de arañas. Sin embargo seguía pintando de forma firme y rápida; pero lo volvieron a recoger alcoholizado en 1899 y su familia lo hizo encerrar en un hospital psiquiátrico donde se le diagnosticó sífilis. Allí realizó una gran colección de pinturas con temática circense. Henri logra convencer a los médicos -por medio de sus dibujos- de que aún mantenía su cordura, y salió a los tres meses.
Nuevamente volvió a sus andanzas, a sus prostitutas y al alcohol. Al poco tiempo tuvo una crisis paranoica que lo llevó a intentar suicidarse –esta vez sí-, con metileno, y por ello estuvo internado durante un tiempo más largo. Cuando se dio cuenta que había tocado fondo, de que era un hombre enfermo, volvió al castillo de su madre.

En la propiedad de su madre en Albi, cerca de Burdeos, el 9 de septiembre de 1901 murió postrado en su cama a causa de una apoplejía -tenía apenas 36 años-. Sus últimas palabras a la condesa fueron: "Madre, gracias. ¡Nadie como tú!". Y a su padre: "Gracias por venir papá. Sabía que no te perderías mi muerte".
La mayoría de las obras de Toulouse-Lautrec se mantuvieron en su estudio de París después de su muerte. Su madre, la condesa Adele Lautrec, queriendo perpetuar la memoria del hijo que tanto amaba, quiso que toda la colección permaneciera intacta y obsequió todas las obras a la ciudad de Albi, donde Henri había crecido. También los miembros de su familia que habían recibido algún cuadro obsequiado por Toulouse-Lautrec estuvieron de acuerdo en donar las obras de arte a la ciudad.
El 30 de julio de 1922, fue inaugurado oficialmente el Museo de Toulouse-Lautrec. El lugar elegido para albergar la colección, fue el Palacio de la Berbie, una imponente fortaleza de ladrillo del siglo XIII construido por los obispos de Albi, al lado del río Tarn.
Tal vez una de las ironías finales en la vida de Toulouse-Lautrec, es que su obra que logró capturar tan brillantemente aquel nuevo fenómeno cultural de París, no se encuentra en el Museo de El Louvre ni en ningún museo de la capital, sólo en esa pequeña ciudad en el sur de Francia.
P.D. Bonnat, su primer maestro -con el que nunca se reconcilió-, murió 21 años después. Éste, en su lecho de muerte, en 1922, despojándose de cualquier sentimiento de rencor o envidia, sugirió -con éxito- que las obras de Toulouse-Lautrec se convirtieran en parte de las colecciones nacionales, es decir, en patrimonio francés.