Cachín

Era simple, simple y grandote. No muy alto, pero morrudo, fuerte. Trabajaba en el ferrocarril y cuenta, los que lo vieron, que era capaz de echarse un durmiente al hombro y andar tan campante. Sabíamos que algo no andaba bien en su cabeza, por que los más grandes del barrio, los de su edad, no lo aceptaban con ellos.

Y él tampoco los quería. Los sábados por la tarde, cuando se armaban los partidos en los adoquines de la calle, jugaba con nosotros y, gracias a él, los grandotes nos dejaban la “cancha”.Cuando estaba él no teníamos miedo y a la sombra de su fuerza cobijábamos rebeldías que de otro modo nos hubieran salido caras.

A veces los mayores se querían desquitar , entonces el grito:¡¡Cachín!!, y Cachín salía con las alpargatas en chancletas y en musculosa a imponer, por su sola presencia. Alguna que otra vez, no muchas, tuvo que pegar dos o tres cachetazos, jamás pegó con el puño cerrado, como conciente del poder de sus fuerzas.

Jugando al fútbol era un chico más, discutía los goles en los arcos hechos con la ropa o con piedras en la calle y los gritaba como en una final de campeonato. Una vez pifió una pelota y se quebró dos dedos contra el cordón de la vereda.

“¡Uy, qué macana, me perdí el gol”!, dijo y siguió jugando. Cuando terminó el partido fuimos con él hasta el hospital; anduvo unos días enyesado hasta que se cansó y tiró el yeso, porque no podía jugar a la pelota.
Cuando nos mudamos del barrio me fui a despedir de él. Estaba en la puerta de su pieza tomando mate.

“Chau, Cachín, mi viejo terminó la casa y vamos a vivir a Caballito, no es muy lejos”,le dije como disculpándome.

“Y bueno”, dijo sonriendo, “vamo a tené que conseguí otro win, esperá un cacho” sacó la pava del brasero, para que no se hirviera el agua y entró a la pieza, al rato salió con algo envuelto en papel de diario,

“te la regalo, a mi ya me queda chica”.

Abrí el paquete y estaba la camiseta de Racing que le había regalado Tucho Méndez. Lo miré a los ojos con asombrado agradecimiento.

“¿Viste qué malo viene el carbón ahora, humea y te hace mal a la vista, andá, andá que se te hace tarde”.

Le dí un abrazo y salí corriendo para que no me viera llorar.

Nunca más lo volví a ver, supe que había tenido un accidente en el trabajo y tuvieron que amputarle una mano y el antebrazo.

No quiso volver al barrio, literalmente desapareció.
Muchas veces pienso en él, los partidos, las charlas, los mates en el patio del inquilinato donde vivía.
Y muchas veces también cuando la vida me sacude con dureza, desde el fondo de mi niñez brota el grito silencioso:
¡¡¡CAACHIINN!!!.

Roberto Reynoso (escritor generos poesia y cuento).
Profesor Itinerante dependiente del Ministerio de Educación de la Provincia de Chubut, Patagonia Argentina.
Tiene 64 añosy es oriundo de Bs. As. Capital/Floresta.
Vive en Trelew junto a su mujer, Olga y sus cuatro hijas-
Desde el 90 ejerce su profesión docente.-