Cuento Breve
RETRATO FAMILIAR
No era simplemente rabia. Era odio, el más puro y reconcentrado odio que una mirada o un gesto podrían reflejar jamás. No me explico como tuvieron que esperar a que ella lo confesara, a que se quebrase su durísima resistencia.
Uno a uno. El padre, la madre, los hermanos, las cuñadas y el fotógrafo. Este, supongo, nunca debió sospechar que aquella sería una de sus últimas fotos. Lo habían llamado por casualidad, recién llegaba al pueblo, la novedad del magnesio, el asombro de las técnicas modernas. Sumado a eso que se estaba convirtiendo en una tradición por aquellos tiempos: la foto de conjunto familiar. Toda familia que se preciara de tal debía tenerla. Y los Varela eran, una familia. El coronel, alto, barbado y seco- como corresponde a todo ex militar-, su esposa, robusta-tipo percherona- su hijo mayor, de elegante bigotito, la esposa de este- proveniente de un pueblo cercano-, su segundo hijo, un poco flacucho el pobre, casado con una chica medio pariente( pero lejana, nada indecoroso), y la menor y motivo de esta historia. Motivo y causante.
Esto viene a cuento para explicar la causa del tremendo crimen que nos ocupa.
Leonides, la menor de los Varela, sufría(nunca más exacto el término sufría) de una rarísima y detestable enfermedad: hirsutismo, algo casi desconocido en ésta época, pero difundido y execrado en aquella. Esta dolencia se manifestaba en las mujeres que la padecían con el desarrollo del vello facial (y no) en forma desmesurada, no pudiendo cortarse, arrancarse o rasurarse porque se avivaba su crecimiento y la mujer se convertía en un verdadero fenómeno de circo. Esa era la cruz que cargaba Leonides y que determinaba que viviera enclaustrada en su casa, saliendo solo para ir a misa y completamente cubierta con un oscuro y espeso velo.
Oculta durante todo el día en sus habitaciones, saliendo de ellas para comer y en algunos casos ni siquiera, su carácter se agrió haciéndose amarga y resentida.
Por eso cuando el coronel decidió que tomaran el retrato familiar, Leonides no se preocupó, pensó que a ella no la iban a incluir ya que siempre trataban de ocultarla. La enferma era ella pero la vergüenza era de la familia. La escena fue borrascosa y brutal, hubo, incluso, que forzar la puerta del cuarto para obligarla a salir. Por fin, entre todos, con insultos, gritos y amenazas, por ambas partes, consiguieron dominarla y, mágicamente, en ese instante cesó toda su resistencia dibujándose en su rostro ese rictus de rencor que no la abandonaría jamás. Su último atisbo de resistencia fue aparecer en los arrabales del retrato separada, marginada no solo por la distancia, sino también, y mucho más tajante por su actitud de exclusión y odio.
El médico del pueblo se vio sobrepasado por esa extraña especie de epidemia que afectaba a los Varela, a todos, porque Leonides ( aunque en dosis muy escasas y esporádicamente) también ingería el veneno.
Las dos cuñadas casi simultáneamente, el padre, que había tenido un principio de infarto unos meses atrás, el hermano menor, entre convulsiones, el mayor, al regresar del campo y por último la madre, a la que su consistencia ayudó a resistir mejor, fueron muriendo ante la rencorosa satisfacción de la hija menor.
Todo quedó como una dolorosa tragedia que diezmó a los Varela. La “afligida” Leonides y su “tremenda desgracia, ¡pobre como si no cargara ya con una cruz tan pesada!”, fue el comentario general del pueblo hasta verse opacado por el asesinato del fotógrafo; “seguramente por delincuentes de otro pueblo que entraron para robar”.
Este último crimen fue el más riesgoso de cometer. Pero con pasmosa determinación lo llevó a cabo del mismo ominoso modo que los otros.
Días después del entierro de su madre, llamó por teléfono al fotógrafo para arreglar una cita en su estudio para, le dijo, hacer una copia del retrato familiar ya que el primero había sido sepultado junto a su padre como última voluntad. El hombre aceptó sin poner reparos a la hora, dado que conocía el drama fisonómico de la muchacha.
El sábado a las veintidós unos suaves golpes tocaron a la puerta, abrió y la mujer entró al estudio completamente velada. Le pidió que rápidamente buscara el negativo del retrato y cuando se volvió para tomarlo de sobre el mostrador, lo golpeó violentamente con una pesada maza que traía oculta entre sus ropas. No era necesario otro golpe, pero igual los repitió con furia tres o cuatro veces. Luego tomó el negativo y llevándose el arma del crimen, cerró la puerta con llave desde el exterior y tan subrepticiamente como llegó, volvió a su casa de donde nunca más salió.
Algunos parientes lejanos, que, a veces, la visitaron, se conmovían ante la actitud de reverencia que rendía al enorme retrato familiar que presidía la sala y estaba cubierto de flores. Varios años después, cuando murió, dejó una carta contándolo todo.
Todavía guardo una copia de la fotografía, y cada vez que la miro el odio de esa mujer me hace desviar la vista.
Autor: Prof. Roberto Reynoso (12/11/02)






Pah qué buen cuentooooooo!!!! Me imagino que ahora han logrado solucionar el hirsutismo, para beneficio de la longevidad.
besotes Raúl
Pensar que ahora con culaquiera d elo multiples tratamientos no se habría originado el problema.
Pero el pretexto fue el hirsutismo y la fotografia, la raiz el sentirse diferente, el marginado incuba el odio hasta qu explota y lo arrasa todo.
Claro que podia haber buscado la solución en un circo corriendo mundo como la mujer barbuda, o alistandose como gaucho pendenciero.
Te imaginas, la gaucha barbuda!!!
a.n.
Seria un remedo triste o jocoso, segun el cristal de quien mire.... Saludos AN